LA ÚLTIMA CRISIS DEL ATHLETIC

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         Quien lea tal frase podrá entenderla de muchas formas.

         Puede pensarse que ya no habrá más crisis; improbable. O que estamos ante la crisis definitiva; a segunda. Y puede entenderse en el sentido al que me refiero; que estamos ante la última de las cada vez más frecuentes crisis del Athletic Club.

         Desgraciadamente, crisis y Athletic van cada vez más de la mano. Y no hay que remontarse décadas, ni lustros. Ayer mismo, en 2013, Marcelo Bielsa “nos salvó” a última hora de bajar. Nos bailaron desconocidos en Europa. Nos sacó de la Copa un Segunda B. Y en el homenaje al viejo San Mamés nos borró la selección comarcal.

         Poco antes vivimos sin vivir “la final” ante el Levante. Se la tuvieron que meter ellos, porque nos íbamos al pozo.

         Estuve en el Sardinero, en un 5 – 4 humillante, con todo el público eufórico cantándole al Athletic de Mané “a segunda, oe”. Precisamente donde acabaron ellos, camino de un pozo aún más profundo.

         Algo antes nos salvó Ziganda en un partido de infarto ante el Rayo.

         Y qué decir de aquella seudopromoción a segunda con Iríbar de entrenador, en plena resaca del Athletic campeón de los ochenta.

         No olvidaré mi primer derby en San Mamés. Nuestros “hermanos” de Donosti nos apretaban hacia segunda hasta que el pichichi Carlos  remontó. Era la temporada 74-75 y en mi memoria quedan los cánticos donostiarras, a ritmo de Yellow Submarine… “el Athletic a segunda va, a segunda va, a segunda va”. Donde acabaron yendo ellos años después, por otra parte.

         Sin rascarnos mucho el bolo, todos podemos acordarnos de muchas crisis del Athletic.

         Lo preocupante, en mi opinión, es que cada vez hay que hacer mejor las cosas para competir en la situación de desigualdad que nos autoimponemos. Filosofía que comparto plenamente en lo que supone de pelear con lo nuestro. Pero arriba, con los buenos. Si no, esa filosofía de única tiene poco.

         Creo que podemos competir a alto nivel, y lo demostramos muchas veces. Pero para ello hay que hacer las cosas bien. Casi perfectas, diría yo.

         Y hacer las cosas bien es formar grupos fuertes en Lezama. Que no se derrumben físicamente con media temporada exigente de Bielsa o una intensa de Ernesto Valverde. Que no se vengan abajo mentalmente por dos derrotas y tres pitidos. Los partidos en primera son guerras;  si el Atlético de Madrid, el Sevilla o el Valencia van a la pelea con un bazooka, tú no puedes ir con un rosario entre las manos. Y ese espíritu indomable tiene que transmitirlo y garantizarlo en Lezama quien tenga tal capacidad, como lo hizo Piru Gainza con el bravo equipo de los ochenta.

         Hacer las cosas bien es no permitir que se te deshaga una plantilla que cuesta tanto construir. Y que cuando se te deshace como no había ocurrido en toda la historia, tengas la capacidad de reforzarla, aprovechando oportunidades como la de Monreal en el Málaga a precio de saldo.

         Hacer las cosas bien es cuidar tu presencia institucional, de tal forma que te respeten los árbitros (actualmente los que se ceban con el Athletic salen premiados), quienes fijan los horarios, los medios de comunicación,…

         Y sobre todo, respetar a la afición. Ser transparentes. No acallar opiniones poniendo el himno a todo volumen. No justificar un adelanto electoral por no comprometer a futuras Juntas, y a continuación renovar para años a Balenziaga. Si en la información se peca por algo, que sea por exceso, porque lo que diferencia al Athletic de tantos equipos que también juegan con lo propio, es precisamente su afición.

         También los socios debemos hacer bien las cosas, apoyando pero también exigiendo, de tal forma que el jugador se sienta responsabilizado en función de sus ingresos, que en eso no son de mitad de la tabla.

         El Athletic no puede convertirse en espacio de lucha empresarial o política o ideológica, porque lo acaba pagando. Es fútbol, es deporte, es ilusión y unión de mucha gente por algo grande y común.

         Yo no creo que haya que renunciar a nuestra filosofía. Al contrario. Hay que apoyarla a tope. Pero si fallamos en éstos u otros aspectos, la ponemos en peligro. Y si fallamos en todos, acabamos con ella.

         Es hermoso hablar de modelo, de filosofía, de principios. Pero es más hermoso defenderlos con criterio.

         Nuestra filosofía nos hace únicos. Si la gestionamos bien.

         Y si no, la defensa de los fundamentos se convierte en fundamentalismo hueco.

    Por Gonzalo Arroita. Urbanista y socio del Athletic Club

    Publicado en El Desmarque

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