EL BILBAINISMO DEL ‘ELCANO’

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    El 'Juan Sebastián Elcano' a su llegada el jueves a Getxo./l. calabor
    El ‘Juan Sebastián Elcano’ a su llegada el jueves a Getxo. / L. CALABOR
    JON URIARTE

    Hay cuadernos de bitácora que no necesitan la mar para oler a salitre. Como el que me regaló Gonzalo Arroita, a quien mencioné en los artículos dedicados a Horacio Echevarrieta. Entonces contábamos que cierto buque, atracado hoy en Getxo, había nacido en los astilleros gaditanos fundados por el empresario bilbaíno. Ahora cuento con más datos, gracias a ese texto que me mandó Gonzalo. «El mascarón original del Juan Sebastián Elcano. Punto final a un debate». Lo firma el historiador Manuel Díaz Ordóñez y subraya nuestra vinculación con la nao, al abordar la polémica sobre quién fue el creador de su mascarón de proa. Díaz no tiene dudas. Fue otro vecino de Bilbao. Antes de desvelar su nombre, soltemos amarras. Es tiempo de recordar cuánto de nuestra villa tiene el buque escuela ‘Juan Sebastián Elcano’.

    Recordemos que Horacio Echevarrieta fundó empresas de postín. Entre ellas los Astilleros de Cádiz. Pese a ser republicano, quiso y pudo mantener excelentes relaciones con Alfonso XIII y con Primo de Rivera. Durante la dictadura del segundo, el gobierno decidió sustituir el buque escuela de los aspirantes a oficiales de la Armada. La idea era modificar el ‘Augustella’, viejo velero italiano, hasta convertirlo en uno más moderno, de nombre ‘Minerva’. Echevarrieta se entera y el 12 de enero de 1923 se lleva el concurso público. El presupuesto es de 2.050.000 pesetas. Pero al llegar la nave comprueban que no está para muchas olas, así que Horacio logra que se apruebe la fabricación de uno nuevo. Es 30 de junio de 1924; la inversión prevista, 7.569.794 pesetas. Pero al final sale por 8.189.532,28.

    El 24 de noviembre de 1925, con Primo de Rivera presente, se inaugura la puesta de la quilla en la grada 2. Cuentan que llovía a mares. Quizá fue un guiño de los cielos para que nadie olvidara su sello vasco. Por si fuera poco, Echevarrieta aprovecha la ocasión para pedir un cambio de nombre. «Debería ser Juan Sebastián Elcano». El 13 de diciembre, tras convencer a propios y ajenos, se sale con la suya y es aprobado por el Consejo de Ministros. Pero hay más. Horacio no solo fue el padre del buque. También es el culpable de que otros bilbainos dejaran su huella. Para demostrarlo, regresaremos al artículo mencionado arriba. En ella el autor nos lleva a los años 20 del pasado siglo.

    Un período en que Echevarrieta hace amistad con otros republicanos, como el escultor Federico Sáenz de Venturini. Esa ideología le costó cara. Pero mucho más a otros paisanos. Si Lucarini, el hombre que creo el tigre de Deusto, pasó años en la cárcel por rojo, para Venturini la condena fue el ostracismo. Perdió puesto, posición y encargos. De ahí que sea digno de aplauso el empeño de Echevarrieta por contar con él. Ambos eran amigos de Durrio, el escultor que creó la Minerva que abraza la lira y mira al cielo junto al Bellas Artes. Por lo que no resulta extraño que fuera esa diosa la que les acabara uniendo en el proyecto del mascarón. «El amigo Federico nos hará una Minerva», escribió Echevarrieta a su director de astillero, el 7 de mayo de 1924. Sobre esa dama se han escrito océanos de tinta. Que si era la evocación a la república, que si era España, que si era Castilla… lo único cierto es que coronó el tajamar desde marzo de 1927. Es un misterio cuándo y por qué la quitaron. Salvo que pretendían repararla y acabó en los muelles. Pero sigue viva. Está en el Museo Naval de San Fernando. Tan lejos y tan cerca.

    Pocos saben que a Bilbao, como a Cádiz, le llamaban Tacita de plata. Como decía, apenas hemos abierto el cofre. Esta semana, el historiador Emilio Sáenz francés me dijo ante un café compartido «Venturini era mi bisabuelo». Como imaginarán, será nuestro próximo destino. De momento nos quedamos en el Juan Sebastián Elcano. Por cierto, cuando lean estas líneas habré pasado la noche en él, navegando de Getaria a Getxo. Pero esa es otra aventura. La que les contaré mañana en estas páginas que llevarán, aunque muchos no lo crean, olor a un buque con alma botxera.

     

    Publicado en El Correo

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